Pilotando

 

Un piloto es, por definición, una persona estable. Eso es lo que necesita un avión: estabilidad, equilibrio. No le das un Boeing 747 a un desequilibrado, a una persona impulsiva, con unos cambios de humor que la convierten en candidato perfecto para atracar un banco. De cuantos aspiran a convertirse en piloto, solo lo consigue un porcentaje realmente bajo.

Sin embargo, hasta la persona más equilibrada se puede alterar en una situación de estrés y elevada presión. Pensemos en un secuestro a mitad de vuelo, algo tan de moda a finales de los años ’70. Hoy no es tan común, por las dificultades de escamotear las armas al pasar los controles de seguridad que establecen los aeropuertos. Pero en cualquier lugar y con cualquier utensilio se puede fabricar un arma, como bien sabe cualquiera que haya pasado por la cárcel.

Esa es la clave, la presión. La presión se convierte en prisa y la prisa hace que lo fácil se vuelva difícil y todo se salga de control. La prisa multiplica por diez las probabilidades de que surjan imprevistos. Entre un imprevisto y un accidente hay solo unas décimas de segundo. Y no olvidemos que las compañías aéreas tienen que competir como leones para que no decrezca su demanda y puedan seguir enviando familias enteras y hombres de negocios a 10.000 metros de altura.

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Pero ¿qué ocurre con ese piloto tan espontáneo que, cuando se le pregunta, afirma que mientras se pueda salir del avión, habrá sido un buen aterrizaje? ¿Cómo podemos saber si es él quien nos está hablando por los altavoces del avión, presentándose, dándonos una serie de datos irrelevantes y deseándonos un feliz vuelo?

O pensemos en Frank Abagnale. Este sujeto era un experto falsificador que, por supuesto, terminó en la cárcel. Pero antes de ganar una fortuna imprimiendo billetes falsos o de dar con sus huesos en una gélida prisión francesa, tuvo tiempo de pasearse en avión por veintiséis países sin pagar. ¿Cómo? Falsificando una credencial de piloto y consiguiendo acceso libre a la cabina de mandos. En más de una ocasión, como cortesía habitual entre pilotos, se le ofrecieron los mandos del avión.

Así que, la próxima vez que me acomode en mi asiento, listo para despegar, mientras voy sacando el Kindle y los tapones para los oídos; mientras esa voz empieza a sonar por los altavoces revelando algún acento curioso o cercano; mientras me ocupo pensando en el montón de horas de vuelo que me separan de mi destino; mientras evalúo a los pasajeros que me rodean, tratando de averiguar cuál será el que siempre grita o el que ronca cuando se duerme; mientras la azafata me recuerde que tengo que abrocharme el cinturón de seguridad, será inevitable pensar si el que se sienta a los mandos del avión será el espontáneo o un alumno aventajado de Frank Abagnale.

Después de todo, lo peor que puede pasar es que me muera. Si eso ocurre en pleno vuelo, a causa de un impacto, o al aterrizar, porque el avión se estrella, será cuestión de segundos. Si el avión cayera al mar sería angustioso. Pero no tanto, porque una situación de angustia genera tanto miedo que te mueres de miedo y te ahorras el trance de pasar por toda esa angustia.

Sí, creo que lo mejor para que el vuelo se haga más corto es una buena novela de suspense. Abro por la primera página “It”, de Stephen King, y grito para mis adentros: “¡A toda máquina, Frank!”.

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